Editorial Agrícola
Economía

Globalización agroalimentaria y la paradoja de la manta

22/03/2022

Por Jesús López Colmenarejo, director ejercutivo de Grupo Editorial Agrícola

La guerra de Ucrania ha puesto sobre la mesa un hecho que a muchos españoles se les escapaba: la dependencia de materias primas del este de Europa, que afecta a algunos alimentos bastante convencionales de nuestros mercados.


Sin ir más lejos, el 20% del trigo y más del 60% del aceite de girasol que compra España vienen de Ucrania, pero también tiene esta procedencia el 30% del maíz con el que se alimenta nuestro ganado. La guerra ha provocado un “efecto dominó” en la escalada de precios de energía y alimentos que, al cierre de esta edición de Agricultura, aún no tiene techo.

Son muchas las voces que reclaman, no sin razón, que es hora de poner el foco en los riesgos que la inseguridad alimentaria (entendida en términos de abastecimiento) tiene en nuestra sociedad.

La estrategia ‘De la Granja a la Mesa’, sin ir más lejos, ya ha empezado a cuestionarse, porque ¿tiene hoy sentido ahondar más en una extensificación de producciones en aras del máximo cuidado del medioambiente?

Se vuelve a hablar de ayudas al almacenamiento, reservas de crisis, autoabastecimiento y soberanía alimentaria, y esto me trae a la cabeza la paradoja de la manta.

Nuestra producción agroalimentaria sería como una manta bajo la que estaría todo el sector productor. Pero esta manta a veces nos parece que no es lo suficientemente grande como para cubrirnos adecuadamente.

España era un país, por decirlo así, pequeño en materia agroalimentaria cuando entramos en la UE, pero muchos de nuestros sectores han “pegado el estirón” aprovechando la globalización de los mercados. Frutas y hortalizas, aceite, vino… ninguno tiene nada que ver hoy en cifras de producción y mercados con lo que eran hace 30 años, y los tres son referencia a nivel mundial.

Eso sí, este estirón nos ha dejado corta la manta y hay otros sectores que no pueden competir de igual forma que estos mencionados. Nuestra producción de cereales o de girasol, por ejemplo, no tienen las mismas tendencias de crecimiento. Nuestro clima o nuestros suelos no nos permiten competir con producciones de terceros países, y dado que las necesidades de consumo interno (por ejemplo, piensos) han subido, somos en gran medida importadores de estos productos.

¿Qué hacemos entonces? ¿Subimos la manta y nos tapamos la cabeza con ella a través de políticas que afiancen el autoabastecimiento de la población?

Hacerlo a nivel de España, por más que haya quien lo vea viable, no lo es. Somos más de 50 millones de habitantes, sin contar turismo y, hoy por hoy, tenemos acceso a una diversidad de alimentos que se vería drásticamente reducida. Los cambios necesarios a nivel productivo también serían drásticos, con un necesario replanteamiento total, por ejemplo, de planes hidrológicos y su consecuente impacto ambiental.

La manta se nos quedaría muy corta, por lo que, lo sensato sería “coserla” con las del resto de la UE.

En este caso también se deberían revisar algunas estrategias porque habría que dar de comer a 500 millones de europeos, analizar qué ocurre con los OGM, la edición genética o la reducción de materias activas fitosanitarias permitidas a los agricultores.

Si es así debemos entender que estaríamos “dejándonos los pies de los mercados internacionales al aire”. La protección de nuestros mercados implicaría de una u otra forma una reciprocidad y la exportación a otros países se vería reducida y muchas hectáreas dedicadas a vino o aceite de oliva, por ejemplo, deberían replantearse para otros cultivos.

No hay soluciones únicas ni fáciles, pero al menos tenemos manta.

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