Editorial Agrícola
Economía

La crisis de contenedores y la dependencia alimentaria

25/10/2021

Por Jesús López Colmenarejo, director ejecutivo de Grupo Editorial Agrícola

Que los países occidentales dependen en gran medida de la industria manufacturera de China no es algo que se le escape a nadie ya. El gigante asiático se ha convertido, poco a poco, en la gran fábrica del mundo. Tanto, que hoy en día sorprende no encontrar el mensaje 'Made in China' impreso sobre un objeto, cualquiera de los que nos rodean, sobre todo si es tecnológico.


Los países europeos en las últimas décadas hemos decidido (voluntaria o involuntariamente) externalizar gran parte de nuestra industria. La frase “es más barato producir en China” se convirtió en un mantra, y muchas empresas preferían antes invertir en una buena gestión de compra en Asia que en desarrollar su producción en España. Producir en la UE es caro y los ciudadanos europeos y españoles, con buen nivel adquisitivo, somos buenos clientes, así que poco a poco hemos ido desarrollando una dependencia exterior importante en gran cantidad de manufacturas industriales.

No somos en gran medida conscientes de esa dependencia (o no queremos verla), y cuando nos encontramos con situaciones como la que paso a reseñar nos echamos un poco las manos a la cabeza, nos preocupamos relativamente, y en unos días pasamos a otra preocupación diferente.

La cuestión es la siguiente: en los últimos meses el mundo sufre una “tormenta logística perfecta”, en la que se suman una importante escasez de materias primas y componentes (que hace que, por ejemplo, haya escasez de chips para la industria automovilística) y un transporte de mercancías marítimo altamente colapsado en el que el precio de envío de contenedores de China a la UE multiplicado por diez.

Más del 80% del comercio internacional se lleva a cabo por vía marítima, y las empresas que no pueden asumir este importante incremento de precios de los contenedores, bien cancelan las compras u optan por transportes alternativos para mercancías caras. Por supuesto, los costes se trasladan al consumidor final, que ya va viendo un encarecimiento de algunos precios, sobre todo en tecnología.

¿Y a qué viene toda esta reflexión? A lo poco conscientes que somos de lo que supondría una hipotética dependencia no ya tecnológica sino alimentaria.

No es únicamente por el efecto que pueda tener en la producción agraria de la UE la estrategia 'Del campo a la mesa' o la nueva PAC, que están “en el horno”, o la creciente “demonización” de los regadíos, también está el factor de las importaciones de productos de países terceros que tienen ventajas competitivas en su forma de producción. ¿Está realmente preparado un consumidor tipo para diferenciar un alimento europeo de uno que no lo es?

Además el efecto precio es decisivo a la hora de la compra, y un alimento producido con fitosanitarios o tecnologías que no están permitidas en la UE puede ser más barato en nuestros lineales. Esto puede llegar a provocar, como
ocurrió hace años con las empresas manufactureras antes mencionadas que se fueron a China, que seamos dependientes en alimentos a medio plazo.

¿Alguien se imagina qué podría pasar con una coyuntura como la de los contenedores llevada a los alimentos? Evidentemente el comercio internacional es clave en la coyuntura económica en la que vivimos y plantear una vuelta a la autarquía como algunos sugieren es tanto ridículo y peligroso. Eso sí, pasar al extremo contrario y aceptar comulgar con cualquier rueda de molino que nos pongan delante, aceptando competencias desleales claras, también nos pasará factura.

Ya lo decía Simón Bolívar , “un estado demasiado caro en sí mismo, o en virtud de sus dependencias, finalmente cae en la decadencia”.

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