Editorial Agricola
Innovación

La tecnología CRISPR pilla a Europa en pausa

13/11/2018

Por Miguel Ángel Mainar, periodista agroalimentario

A finales del pasado mes de julio, el Tribunal de Justicia de la Unión Europea determinó que los organismos modificados con las nuevas técnicas de edición genética han de ser considerados como transgénicos. Esta decisión cayó como un jarro de agua fría entre las empresas de biotecnología, los centros de investigación y una buena parte del sector agroalimentario, puesto que supone someter a estos organismos a la estricta normativa europea sobre transgénicos y, en la práctica, ampliar la situación de “pausa” que prácticamente existe en la Unión mientras la carrera biotecnológica continúa al galope fuera de ella.


En el ojo del huracán, la tecnología de moda, el CRISPR. Estas siglas en inglés responden al nombre de Repeticiones Palindrómicas Cortas Agrupadas y Regularmente Interespaciadas, denominación compleja que, sin embargo, ha encontrado una forma muy popular de explicarse: “edición genética”, “tijeras genéticas”, “corta-pega genético”.

Se trata de una técnica de mutagénesis asistida que funciona como unas tijeras de ADN con las cuales es posible cortar una secuencia de éste para provocar que el organismo se autorrepare uniendo los extremos de forma natural o a través de un molde determinado que se le proporciona.

Cuando la reparación no es correcta, es decir, no replica exactamente la secuencia cortada, se produce una mutación. Lógicamente, los investigadores dirigen el proceso con la intención de que, como resultado de la mutación, el nuevo organismo sea mejor que el anterior.

La técnica parte de un descubrimiento más o menos casual, como es el mecanismo de defensa de las bacterias frente a ciertos virus, y abre las puertas a una revolución que algunos, quizá apresuradamente, calificaron en su momento de histórica por las repercusiones que podía tener en la lucha contra algunas de las enfermedades más graves que afectan a los seres humanos.

Por supuesto, la aplicación en la agricultura y la ganadería es igualmente factible e igualmente “revolucionaria”. De hecho, ya se están llevando a cabo investigaciones de las que cabe esperar resultados que podrían ser asombrosos. Pero no todo el mundo le ha dado el visto bueno a la edición genética y el sindicato francés Confédération Paysanne, junto con otras organizaciones del país vecino, interpuso una denuncia contra la legislación que en su territorio considera que los organismos obtenidos por mutagénesis no son transgénicos.

Líneas de pensamiento parecidas mantienen en España COAG y, en general, las organizaciones defensoras o vinculadas a la agroecología.

La respuesta del Tribunal de Justicia a la cuestión prejudicial planteada por el Consejo de Estado francés ha sido desalentadora para una buena parte del sector agroalimentario, que asegura que estos organismos no son transgénicos y, además, no entiende la excepción hecha por el propio tribunal sobre otras técnicas de mutagénesis, que sí quedan excluidas de la directiva comunitaria de 2001 que regula la producción de organismos transgénicos.

Precaución… ¿hasta dónde?

 El ingeniero agrónomo y economista agrario Tomás García Azcárate aclara al respecto que “si se pregunta a juristas, se obtiene una respuesta de juristas”. Respuesta que, en buena lógica, debe estar sujeta a derecho.

García Azcárate ha sido funcionario europeo durante 30 años, cinco de los cuales ejerció como responsable de OGM (organismos genéticamente modificados) en la Dirección General de Agricultura. Para él, lo que han hecho los miembros del tribunal es aplicar el Principio de Precaución, implantado en el derecho comunitario después de la crisis de las vacas locas. “Estuvimos diciendo durante mucho tiempo que no existía relación entre la Encefalopatía Espongiforme Bovina y la enfermedad de Creutzfeldt-Jacob en humanos y, efectivamente, no la había… hasta que se descubrió”, recuerda.

Para este ingeniero agrónomo, que no se tenga constancia actualmente de la existencia de afecciones de los OGM para la salud de las personas o el medioambiente no quiere decir que no existan, y este es el espacio del principio de precaución, pensado para instaurar medidas preventivas ante la incertidumbre.

No comparte esta opinión Carmelo García Romero, veterinario y vicepresidente segundo de la Sociedad Española de Agricultura Ecológica (SEAE), para quien las evidencias científicas de los perjuicios de la manipulación genética para la salud y el medio ambiente sí que existen. Romero cita, por ejemplo, a las hormonas recombinantes utilizadas para aumentar la producción de leche y que se han vinculado a ciertas enfermedades “letales” para el ser humano.

En todo caso, casi nadie discute el Principio de Precaución, donde se pone el foco es en la contundencia con que se aplica. El propio García Azcárate afirma que es la “proporcionalidad de la interpretación del principio” lo que se puede valorar.

“No son transgénicos”

Y, efectivamente, eso es lo que se discute, como se puso de manifiesto en la mesa redonda “CRISPR y los nuevos avances científicos: Secuenciando el futuro de la agricultura”, organizada recientemente por el Instituto Agronómico Mediterráneo de Zaragoza (IAMZ-CIHEAM), una de las más reputadas instituciones internacionales de formación agroalimentaria.

Para Elena Sáenz García-Baquero, directora de Anove (Asociación Nacional de Obtentores Vegetales), es evidente que la mutagénesis asistida no da como resultado un producto transgénico, puesto que no ha habido transferencia de genes de un organismo a otro, sino una evolución como las que se dan en la naturaleza. “Lo único que cambia es el tiempo, que se acorta muchísimo”, afirma, señalando también que mientras en el proceso de cruzamiento y selección tradicional cuesta entre 10 y 12 años la obtención de una nueva variedad, ahora se puede hacer en mucho menos tiempo. “No hay transgénesis”, insiste.

Algo similar mantiene Diego Orzáez Calatayud, científico titular en el Instituto de Biología Molecular y Celular de Plantas (IBMCP-CSIC) de Valencia. “Solo si al organismo le suministramos para su reparación un molde de origen transgénico podemos hablar de que el resultado es transgénico”, matiza.

Por supuesto que se trata, añade, de un organismo genéticamente modificado, pero no es lo mismo un OGM que un transgénico, advierte, porque solo en el segundo ha habido una transferencia de genes de un organismo a otro. “Todos somos OGM, el hijo es una modificación genética de los padres”, explica para recalcar que el miedo que despiertan es irracional.

Orzáez, que participa en varios proyectos vinculados a la edición del genoma de diferentes plantas, hace hincapié en que “no tiene sentido oponerse a una tecnología, sino a los usos que se hacen de ella”; “en lo que habría que fijarse es en si la modificación que se hace es beneficiosa o perjudicial”, indica.

 

Vete a contarlo

Ahora bien, ¿cómo se convence a la gente? Palabras como biotecnología, ingeniería genética, OGM, etcétera, ya tienen muy mala fama. ¿Cómo se explica que la manipulación genética empezó con la domesticación de plantas y animales o que muchas enfermedades se están curando ya con OGM? ¿Cómo se elimina el miedo?

Estas son las preguntas que atormentan a los defensores de la mutagénesis, que ven cómo se evaporan muchas de las expectativas que despertó la edición genética para científicos y profesionales vinculados a la agricultura.

Sáenz es consciente de que “generar confianza es muy difícil”. “¿Cómo comunicar desde la ciencia y hacerla creíble?”, se pregunta, al tiempo que le viene al pensamiento una respuesta que lamenta: “con la salud, la gente reacciona mal”.

No obstante, apuesta por combatir el alarmismo con comunicación e intentando que las personas y las autoridades juzguen los productos por sus propiedades, no por el método de obtención; “si es seguro, es seguro, da igual cómo se haya obtenido, siempre que haya sido dentro de unos límites éticos”, resume.

En esto coinciden García Azcárate y Orzáez. “Estamos rechazando una técnica como tal cuando lo que hay que discutir es el uso que se hace de ella”, afirma el primero. La clave para generar confianza en las técnicas, según él, es que “se vea que han venido para resolver problemas, que se comprenda el beneficio para el consumidor”. El problema, en este caso, es que siempre se han presentado como soluciones para aumentar rendimientos y pensando en el agricultor, remata.

A continuación, introduce un concepto: “despotismo científico ilustrado”. Con él, culpa a los científicos de una cierta soberbia. “Muchos piensan que las nuevas tecnologías se impondrán sí o sí y confían en que es imposible ser una isla en medio de progreso general”. Esta forma de ver las cosas relega a los ciudadanos al papel de ignorantes manipulados por lobis, cuando la realidad es que son personas informadas cuya opinión debería ser tenida muy en cuenta.

Más o menos en esta visión se apoya el representante de SEAE: “No somos cuatro locos los que nos oponemos a la manipulación genética, como se intenta decir, son millones de ciudadanos en toda Europa”. García Romero insiste en que los países más desarrollados de Europa han dicho “no” a los transgénicos y que incluso la renombrada encíclica medioambiental del Papa (Laudato Si, sobre el cuidado de la casa común) se opone a ellos. “La opinión pública está en contra de todo lo que no sea natural y esté manipulado”, resume.

Y es esa misma opinión pública la que atemoriza y atenaza a los políticos y las instituciones europeas, según se puso de manifiesto en la cita del IAMZ.

Así que las preguntas clave seguirán en el aire durante mucho tiempo y las respuestas ciertas y fiables tardarán en llegar, porque la ignorancia, la manipulación, la soberbia y el miedo están jugando en esta cuestión un papel mucho más importante del que les correspondería. Es lo que podríamos llamar “síndrome Monsanto”: desconfianza en grado sumo.

¿A la cola?

Por lo tanto, si la precaución manda, ¿qué pasará con Europa?, ¿qué pasará con la agricultura europea?, ¿se perderá un tren fundamental, una ocasión de oro para ponerse en la vanguardia científica?

El científico del CSIC, Diego Orzáez, no duda al afirmar que la toma de posición del Tribunal de Justicia de la Unión Europea, desde el punto de vista de la investigación, “es una catástrofe”, y cree que, para la agricultura, también. Habla de una gran frustración porque muchas investigaciones “no se podrán llevar a cabo”, cuando son imprescindibles para los agricultores. En este sentido, advierte de que la agricultura necesita cambios para poder adaptarse a un entorno complicado donde el cambio climático y las nuevas plagas y enfermedades van a requerir una respuesta científica.

En una línea parecida se manifiesta la directora de Anove. “Con la evolución actual de enfermedades y plagas es importante una renovación varietal rápida”, indica. Más, todavía, si sumamos la creciente restricción sobre el uso de los productos fitosanitarios.

Acerca del frenazo provocado por el tribunal señala que “es un palo enorme, porque las empresas estaban en disposición de aplicar la técnica y quizá la tenían ya en sus programas de mejora”. Sáenz está segura de que las consecuencias económicas van a ser brutales y que en sectores como el de la fruta podría haber un gran impacto.

A esto suma otro problema: ¿Cómo se controlará que no entran productos derivados del CRISPR procedentes de fuera de la UE? La respuesta es que no se podrán controlar, porque esta técnica no deja traza, es indetectable. Así que Europa acabará consumiendo lo que prohíbe, después de haber provocado la “relocalización de las empresas de investigación en otros lugares”.

Si esto último ocurre, desde Anove lanzan otro aviso: la investigación se adapta a las zonas de cultivo, a sus condiciones ambientales, así que es probable que no se desarrollen suficientes avances destinados a la agricultura europea.

Enfrente, lógicamente, se sitúa Carmelo García. Para la agroecología, preservar el patrimonio genético vegetal existente es prioritario y todo lo que sea manipular el genoma va en contra de este principio.

Tampoco ve posible la coexistencia de los dos modelos, porque las nuevas variedades contaminan las existentes y de esta manera “arruinan el modelo ecológico, que se basa en variedades y razas locales en equilibrio con el territorio”. Las innovaciones tecnológicas, por otra parte, tiranizan al agricultor, que, si las utiliza, se hace dependiente de los medios de producción que también suministra el obtentor, según el ecologista.

Si se habla de economía, también lo tiene claro: “el coste económico brutal es el que tendremos a largo plazo si nos cargamos el patrimonio genético”.

Así pues, solo hay una cosa clara, Europa está en pausa. Si es bueno o malo, ya lo iremos averiguando.

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