Editorial Agrícola
Regadíos

Regadío y medioambiente: una guerra sin sentido

04/04/2022

Por Francisco Amarillo, analista agrario

La problemática del agua para regar se pierde en la noche de los tiempos y nace con la propia agricultura. En el debate académico de si fue antes el secano que el regadío, todo parece indicar que, al menos, fueron simultáneos, y casi desde entonces el hombre hizo obras de conducción de agua para regar que convirtieron desiertos en vergeles, y toda la naturaleza se benefició de ello. ¿Ha habido excesos en esta cuestión? Puede, pero las respuestas deben ser razonadas y razonables. Por citar, tan solo a título de ejemplo, un planteamiento ambientalista que cuestiona y se interroga sobre grandes obras de regadío, ¿es mejor que el mar Aral no baje notablemente su volumen y aumente su salinidad o que se cree una amplia extensión de terreno regado que genere riqueza y fije población?


Hay, en la actualidad, una clara guerra del agua en la que se necesita decisión y munición para ganarla. No se puede estar a la defensiva y asumir unos supuestos que no son tales, así se está derrotado antes de comenzar, hay que negar desde el principio la mayor. Y la mayor en estos momentos es que no hay antinomia entre el regadío y la conservación del medio ambiente, es más, el regadío ha sido y es un magnífico instrumento que permite el asentamiento de nuevas especies, tanto vegetales como animales. La red de embalses destinados a almacenar agua para regar, han transformado el paisaje, propiciando la aparición de una nueva fauna, principalmente avifauna, y todo ello a la vez que se mejora la existente. Y se puede y debe hacer un catálogo demostrativo, comparando paisajes de grandes áreas antes y después de su transformación en regadío, valorar los crecimientos de biomasa, enumerar el aumento de especies y la mayor capacidad de absorción de CO2. Y, después mucha comunicación, mucha publicidad, radio, prensa, televisión y esta primordial batalla ganarla, porque si se pierde, hemos perdido la guerra del agua.

Hay igualmente que desmontar el mantra de la carencia de agua, que el agua existente es poca y que hay que racionar su uso, pero acaba resultando escandaloso el consumo de agua para regar. Racionar no, racionalizar siempre. Ya resulta primitivo que en el siglo XXI sigamos hablando del agua en m3, cuando deberíamos hacerlo en KW. Hay muchísima disponibilidad de agua, las principales fuentes de abastecimiento continúan siendo los recursos embalsados y el agua subterránea, pero a ello tenemos que añadir la desalación de aguas marinas y el aprovechamiento de las aguas residuales urbanas, y con nuestro actual nivel tecnológico, las disponibilidades de agua no pueden ser un elemento limitante. Hay agua suficiente para satisfacer todas las demandas, la cuestión no es la cantidad sino el precio.

De hecho, hace ya décadas que emprendimos este camino, desaladoras como Torre Vieja (Alicante) con una capacidad de 80 hm3/año, y de la que se benefician 8.000 ha, Bajo Almanzora 24.000 ha, Carboneras 7.000 ha, Águilas y bastantes más, hace ya años que están suministrando agua para regar. Incluso en el controvertido trasvase Tajo-Segura, el agua de desalación ha jugado un papel importante, como aportación a aguas de otros orígenes, sobre todo en los momentos en los que el embalse Entre Peñas-Buen Día, no alcanza los niveles suficientes, para permitir la aplicación de la Ley del Trasvase. Y, paradójicamente, muchas de nuestras grandes desaladoras funcionan por debajo de su capacidad, por falta de demanda, ya que el precio del m3 resulta poco atractivo.

Puede parecer que con los precios alcanzados por la energía en estos momentos, plantear la cuestión de las demandas de agua en términos exclusivamente energéticos, no resulta lo más adecuado. Pero, por el contrario, creo que es un buen momento, ya que solo pueden suceder dos cosas; una es que los precios alcanzados se mantengan y todo el conjunto económico, precios y salarios, tenga su correspondiente incremento (a nuestros efectos, la situación sería como la de hoy). Si eso no sucede y la energía baja, hemos abierto el debate en el momento más desfavorable, lo que ayuda a la visualización de determinar los marcos más negativos, porque ya se parte de uno de ellos.

Cuando no había agua, se tenía que racionar y surgió el totalitarismo productivo que nos dice no solo lo que se puede cultivar, sino lo que moralmente podemos consumir, y esto, visto superficialmente, puede hasta hacernos sonreír, pero encierra un tremendo peligro. Si a un ciudadano se le dice que 1 kg de carne de vaca necesita 16.000 litros de agua para producirlo o que 100 gramos de jamón cocido necesitan 960 litros y no se explica nada más, y a continuación se añaden las carencias de agua y las calamidades sin fin que ello conlleva, no debemos dudarlo, un elevado porcentaje de ciudadanos acabará creyendo que comer carne, por los sistemas intensivos de producción, es inmoral y cultivar alfalfa un delito. Este movimiento conservacionista, que criminaliza lo intensivo y sacraliza lo extensivo, abarca toda la producción agraria, y resulta particularmente inquietante, por su importancia económica y social, las críticas al regadío del olivar y del viñedo, por considerarlos cultivos de secano que, como tales, contribuyen a la conservación medioambiental, queriendo ignorar el beneficio que representa la mucha mayor absorción de CO2 que implica la intensificación de viñedos y olivares.

Aunque no nos falte agua, esta no deja de ser cara, y se impone una utilización eficaz de la misma. Y este es el camino que hace ya bastantes décadas emprendieron nuestros regantes. Como ejemplo ilustrativo está que en los últimos 15 años se ha reducido en España el consumo de agua para regar un 25%, dejando ya muy atrás el consumo del 80% del agua total para regar de finales del siglo XX, para llegar a un 63% en la actualidad. Y podemos y debemos avanzar más en este camino, máxime cuando el sector hídrico español cuenta con una vertebración histórica que viabiliza muchas actuaciones, como son las Confederaciones Hidrográficas y las Comunidades de Regantes. A ellas hay que añadir las Organizaciones Profesionales Agrarias y las Cooperativas Agrarias, que urden el tejido económico social necesario para poder concebir y ejecutar planes ambiciosos en los que se manifieste que regadío y mejora medioambiental son dos caras de la misma moneda.

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