La región mediterránea es uno de los principales puntos calientes de vulnerabilidad climática según el IPCC. Las proyecciones indican aumentos de temperatura superiores a la media global, reducción de recursos hídricos, incendios más frecuentes y pérdida de fertilidad del suelo, efectos que ya se observan en numerosos territorios y que afectan tanto a ecosistemas como a actividades humanas.
La intensificación de sequías, desertificación y pérdida de biodiversidad debilita los sistemas agroforestales tradicionales y se suma a problemas sociales como despoblamiento, fragmentación comunitaria y falta de relevo generacional, acelerando la pérdida de conocimiento local y la fragilidad económica de las zonas rurales.
Ante este escenario, la resiliencia del paisaje se plantea como clave: integrar conservación ambiental, gestión sostenible de recursos, gobernanza flexible y revitalización rural. Requiere conectar ciencia, políticas y práctica, incorporando el saber tradicional para construir territorios más preparados.
Apostar por paisajes resilientes es urgente para garantizar seguridad alimentaria, sostener comunidades rurales y preservar el patrimonio ecológico y cultural mediterráneo.
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