Los bioestimulantes son sustancias de origen natural capaces de reforzar la capacidad de las plantas para hacer frente a condiciones ambientales adversas, sin actuar como fertilizantes ni ejercer un efecto directo sobre plagas o patógenos.
La agricultura se encuentra hoy ante una problemática compleja de abordar. Lo que durante décadas funcionó bajo un modelo de predictibilidad climática y uso intensivo de insumos químicos, hoy se tambalea ante una realidad innegable: el impacto combinado del cambio climático y la presión de la actividad humana. No se trata solo de que “haga más calor”, sino de que estamos observando un cambio en las fechas de brotación, floración y maduración que está desplazando los calendarios de producción y cosecha en muchas zonas. Estamos presenciando una alteración profunda de los ecosistemas que pone en jaque nuestra seguridad alimentaria.
Las plantas, a diferencia de los animales, no pueden desplazarse para buscar sombra o agua. Están ancladas a un suelo que, debido a las prácticas agrícolas intensivas y al calentamiento global, se vuelve cada vez más hostil.
El aumento de la salinidad es uno de los asesinos silenciosos del campo: la intrusión de agua marina en acuíferos y la evaporación excesiva dejan tras de sí sales que bloquean las raíces, impidiendo que la planta absorba nutrientes. Para complicarlo, conviene mencionar que un suelo salino es difícil de recuperar.
A esto se suma la sequía, que ya no es un evento esporádico, sino una condición estructural en muchas regiones. Sin agua, la fotosíntesis se detiene, y con ella el crecimiento y la producción. Si añadimos las altas temperaturas, el resultado es un "golpe de calor" vegetal que afecta a su metabolismo y acelera su envejecimiento. En términos económicos, esto se traduce en cosechas más pobres, frutos más pequeños y una pérdida drástica de rentabilidad para el agricultor.
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