El maíz es uno de los cultivos más importantes del mundo y un pilar clave de la seguridad alimentaria global. Sin embargo, su producción se enfrenta a numerosos desafíos derivados del cambio climático y del manejo agrícola intensivo.
Entre los estreses que pueden intensificarse debido al cambio climático destacan la sequía y el calor extremo y éstos, a su vez, pueden incrementar la incidencia de plagas y enfermedades. Estos cambios afectan especialmente a la región mediterránea, identificada como uno de los principales “puntos calientes” del cambio climático (Baris- Tuzemen and Lyhagen, 2024).
En España, las sequías prolongadas están reduciendo la disponibilidad de agua para riego y dificultando la producción en secano en zonas de la España húmeda donde tradicionalmente el riego no era necesario. Esto convierte al maíz en un cultivo particularmente vulnerable.
Ante esta situación, urge desarrollar variedades de maíz resilientes al cambio climático. Y para ello la comunidad científica apuesta unánimemente por usar la amplia diversidad genética conservada en las variedades locales de maíz que se cultivaban antes de la implantación generalizada de los híbridos comerciales (Dwivedi et al., 2016).
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