Las prácticas agrícolas convencionales, fundamentadas en la aplicación de fertilizantes químicos, han resultado en la disminución de la biodiversidad de la microbiota asociada al suelo y a las plantas. Esta pérdida de biodiversidad puede conllevar consecuencias negativas para servicios ecosistémicos fundamentales, tales como la producción primaria y el ciclo de nutrientes.
Asimismo, el uso excesivo de fertilizantes químicos ha ocasionado diversos problemas ambientales. Entre ellos se encuentran procesos severos de degradación del suelo, como la erosión, la compactación y la reducción de la materia orgánica y nutrientes del mismo, así como la contaminación del agua. En particular, los agroecosistemas de las zonas semiáridas del Mediterráneo se ven gravemente afectados por la degradación de la estructura del suelo y procesos erosivos, provocados por prácticas agrícolas inadecuadas que los convierten en tierras de baja productividad a completamente improductivas. De hecho, la estructura degradada del suelo puede restringir el movimiento del aire, el agua y el calor en los suelos, limitando su productividad biológica y económica.
Se estima que alrededor del 52% de las tierras agrícolas del mundo están moderada o gravemente degradadas. Afectando, además, a la capacidad del suelo para almacenar carbono y contribuyendo así al cambio climático. Por lo tanto, existe una necesidad urgente de adoptar prácticas agrícolas que no dependan de un mayor uso de fertilizantes químicos para satisfacer la creciente demanda de las necesidades alimentarias mundiales disminuyendo nuestra huella ecológica en un clima cambiante (FAO, 2019).
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